miércoles, 4 de agosto de 2010

Espacio y tiempo (primera parte)

Como en una carrera de fondo, había que pensar en distribuir bien las fuerzas: no era una simple cuestión de físico, si no que también habría que jugar al ajedrez de las sorpresas en plena carrera.
Atravesaba lo más rápido que podía el pasillo central, agarrando con fuerza las dos o tres únicas cosas necesarias en mi huída... El pad de control remoto para el traslado de mapas estelares, coordenadas de atraque y demás archivos de la consola de navegación, una botella de gas para cebar el sistema de respiración asistida y la foto de ella. No necesitaría víveres, porque el vehículo de emergencia me mantendría con vida en estásis.
Haría unos pocos minutos que el ordenador central de la nave había interrumpido mi hipersueño por culpa de una señal de alarma. El cerebro cibernético, al que familiarmente llamaba Alice para crear la ilusión en mi mente de que charlaba con alguien de carne y hueso en aquel gigantesco pedazo de metal volante, había hecho sonar el despertador antes de la hora de llegada a La Tierra. Para eso aún faltaban 65 días...
Tiene gracia que un cerebro artificial de los más eficaces y complejos jamás creados por el hombre para ayudarle a recorrer el espacio, no garantizara la suficiente seguridad contra un sabotaje.
Lo más curioso del caso es que a bordo del carguero estelar CARONTE, serie AL 1 Clase "E", número de matrícula 2253 UNIC, la tripulación humana se reducía a un solo miembro... YO.
Había abierto los ojos con una sensación entre la resaca y un jet lag.
"Atención: emergencia a bordo. Datos de trayectoria incorrectos. Peligro de colisión en 15 minutos." - repetía Alice. El mensaje se convertía en la extraña canción de primera hora de la mañana de un radiodespertador de 35 millones de dólares. La sensación de atontamiento se diluiría al cabo de 5 minutos, y eso era lo único cierto que conocía en ese momento casi febril, en el que no recordaba ni mi nombre.


"¿Qué?" - un monosílabo se convertía en la palabra con más significados e interpretaciones de todo el diccionario en una décima de segundo. Me llevé la mano a la frente, como mi madre hacía cuando era pequeño para tomarme la temperatura, pero enseguida comprendí que no estaba enfermo.
La sensación de un despertar súbito, no programado por las máquinas, provocaba una situación de inadaptación momentánea y de desorientación en los navegantes a la que uno nunca acababa de acostumbrarse.
Tras dar tumbos por la sala de sueño en suspensión intentando ponerme los pantalones, igual que tumbos daban varios pensamientos chocando dentro de mi cabeza contra las paredes de mi cerebro, introduje mi clave de oficial en la consola numérica de la puerta, tomé una bocanada profunda de aire, levanté la cabeza y corrí hacia proa: parecía que alguien hubiera dado la salida de la final olímpica de los 100 m. lisos.
Aquella nave (un carguero de mineral capaz de albergar en sus entrañas 100.000 toneladas de peso), tenía una estructura muy simple y funcional, basada en dos cubiertas: la de navegación y la de carga. Como si de una gigantesca raspa de pescado se tratase, en su parte anterior alojaba el puente a dos alturas; arriba los puestos de piloto, navegante radiooperador y capitán, y debajo de una antesala a la que se descendía por una escalerilla metálica, en la que se encontraba la compuerta principal de acceso a la nave y los compartimentos de material auxiliar, piezas, herramientas, trajes de vacío...
Desde esta sala, partía hacia popa un larguísimo pasillo, que recordaba a los túneles de los ferrocarriles suburbanos del siglo XX. La poca iluminación de emergencia distribuida longitudinalmente a ambos lados de éste, no ayudaba a advertir dónde terminaba. Y tras el largo corredor, una compuerta de seguridad daba acceso al bloque de carga, que ningún tripulante solía pisar nunca en sus viajes, salvo por causa de algún episodio sexual improvisado o por las ganas de fumar o estar solo.
A ambos lados del pasillo, estribor y babor, unas pocas salas, más cerca de proa que de popa. Las 4 estancias albergaban una sala de recreo (para comer, disfrutar de los videojuegos o algunas películas y charlar), los lavabos y duchas, la sala de descanso y la sala de hipersueño (con 6 cabinas de estásis dispuestas como féretros en semicírculo para las travesías de larga duración).
Además, un vehículo de rescate muy pequeño, con menor autonomía de vuelo, se encontraba anexado a la parte posterior del conjunto, bajo las 100.000 toneladas. Allí donde el pasillo acababa, se encontraban la compuerta de seguridad de acceso al bloque de carga, y una trampilla cuadrada en el suelo, por la que entrar en el "bote salvavidas" si fuera necesario... Y lo era.

2 comentarios:

  1. Espero que lo continúes :3
    La gente que como tú y tu chica tenéis un don para hacer estas cosas, me dais mucha envidia sana!!

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  2. Madre mía que trepidante.
    Genial, es genial! ya sabes que esperamos el resto!

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